Caravana de heroes
Caravana de heroes La banda de Kiowas se detuvo a unos cincuenta metros, precisamente en el límite que Waters había dicho que les permitiría. Luego se destacaron cuatro jinetes. El jefe era un indio delgado y nervudo, que iba desnudo, salvo los mocasines y un taparrabos. Llevaba un rifle cruzado sobre la silla. Su caballo era un indómito potro tan salvaje como a tal amo le correspondía.
Los cuatro se acercaron hasta unos treinta pasos y se detuvieron. Clint vio las duras facciones del jefe salvaje, una cara oscura, astuta y siniestra, reflejos de terribles hazañas. Si alguna vez había sido un noble piel roja, este tiempo hacía mucho que había pasado. El odio a los blancos respiraba por todas sus líneas. Levantó la mano con un soberbio gesto.
—Mí, Satock —anunció.
—Seguro. Ya te hemos visto antes —replicó Waters, de malísimo humor.
—Nosotros amigos hombres blancos.
—Bueno, si sois amigos dejadnos marchar.
—Comida queremos.
—Satock, no nos podemos parar a dar de comer a los indios. Tenemos que seguir adelante —replicó Waters con impaciencia.