Caravana de heroes

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Pero Clint no siguió este bondadoso consejo. Quería a su perro. Sabía que Jack nunca le dejaba a menos que pasase algo malo, y estaba seguro de que éste era el caso ahora. Buscó entre el ganado. No hallándole allí, volvió a su carro y se deslizó por debajo de él a la hierba de la pradera. Brillaba la luna llena. Clint llamó a su perro y silbó. Algo se movió entre la hierba. Clint se dejó caer, lleno de súbito terror. Oyó luego un gruñido y Jack se acercó a él. Clint se sentó y acarició al perro. Tenía el pelo erizado y gruñía.

Cuando Clint volvió a deslizarse por debajo de su carro, alguien le clavó en la espalda el cañón de un arma.

—Es el muchacho y su perro —dijo un hombre. Waters echó a Clint una buena reprimenda por el riesgo a que se había expuesto.

—Pero si estaba buscando a Jack —replicó Clint—. Estaba fuera gruñendo. Le digo a usted, señor Waters, que huele a un indio desde una legua.

—Couch, me parece que este muchacho tiene razón. ¡Escuche a ese perro! Hagámosle caso de todas maneras. Waters llamó a todos los hombres. Se extinguió la hoguera y cada miembro de la caravana se convirtió en un centinela. La mayor parte iban armados con rifles de repetición que podían disparar siete tiros en dos minutos.


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