Caravana de heroes
Caravana de heroes El jefe Pawnee, que estaba tan delgado y seco que parecÃa de cuero, pasó un ojo apreciativo sobre los carros.
—Tren muy grande. ¿Montón de hombres? ¡Montón! —dijo.
—SÃ, tengo trescientos hombres y cinco cañones —contestó Waters con un tono alegre que hizo sonreÃr a su gente—. Aquà hay uno que puede matar doscientos indios de cada tiro… Mira. Voy a cortar de un tiro aquel árbol.
Los Pawnees quizá no entendieron a Waters palabra por palabra, pero ciertamente comprendieron lo que éstas significaban en conjunto, y adoptaron un aire escéptico, por no decir, desdeñoso. Por fin el jefe dijo:
—Hombre blanco, grandÃsimo embustero. Waters simuló una gran cólera.
—¡Qué! ¿Me llamas a mi embustero? —rugió con ultrajada dignidad—. Ya te enseñaré yo. ¿Ves aquel árbol? Lo cortaré de un tiro. Luego, si no me pides perdón, volveré el cañón contra vosotros.
Señalaba un árbol de unas dieciocho pulgadas de diámetro. Hizo que acercasen el cañón. Hoyle trajo mecha y más municiones. Los conductores, sin descuidar sus rifles, se agruparon con contenida alegrÃa. Algunos de ellos se retiraron un poco.