Caravana de heroes

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»Yo dije que estaba conforme y Denver repuso que entonces echaría un sueñecito. Yo me senté contra un árbol y me entretuve en mirar el camino. A medianoche desperté a Denver. Examinamos el campo de los Kiowas y nos metimos en él sin hacer más ruido que un par de ratones. Yo toqué a Denver y nos pusimos de pie con un arma en cada mano. Era noche de duna llena y podíamos ver a los indios acostados en fila.

»Denver levantó un brazo, la señal en que habíamos convenido, dimos el grito de guerra de dos Comanches y empezamos a disparar. Estábamos espalda contra espalda y dábamos vueltas a medida que los Kiowas se levantaban. No les dejamos tiempo de cogernos.

»Pero un piel roja que estaba —en el suelo me dio una patada en los pies, que se me subieron adonde debía tener la cabeza, y di una costalada tan grande que los dos revólveres se me cayeron de las manos. De todas maneras, ya había disparado ocho o nueve veces… Aquel piel roja era como un gato y saltó sobre mí con un cuchillo en la mano. Yo evité el golpe y empecé a llamar a Denver. Le oía disparar y luchar. Luego se quedó de repente quieto y callado. El indio volvió a atacar con el cuchillo y me dio un golpe en el cuello, pero demasiado alto para matarme. Le cogí el brazo, se lo retorcí y le rompí el hueso. Cuando cedió lo arrojé al suelo y le corté el pescuezo con su propio cuchillo.


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