Caravana de heroes
Caravana de heroes »Par la noche, los soldados trajeron a Denver y nos pusieron en dos camas, urna al lado de la otra, en el hospital. Yo me levanté a las pocas semanas, pero aquel Kiowa me dejó un recuerdo para toda la vida. —Y aquí Baker se apartó las barbas grises y enseñó en el cuello una cicatriz roja de cinco pulgadas de larga—. Denver estuvo en la cama cinco meses fastidiado y tardó mucho más en poder montar a caballo. En el fuerte nos compraron el ganado que habíamos rescatado y nos tocaron a Denver y a mí mil cuatrocientos ochenta dólares a cada uno.
—¿Qué te ha parecido la historia de Jim Baker? —preguntó Kit Carson con una sonrisa, viendo a Clint con la boca abierta, embelesado.
—No… no sé —replicó Clint, respirando fuerte.
—Tan verdad como el Evangelio, Búfalo. Yo lo sé. La verdad es a veces más extraña que la ficción en esta frontera.
En esta época tenía Kit Carson cuarenta y siete o cuarenta y ocho años de edad, de complexión ligera comparada con Baker y Curtis, pero musculoso. Tenía la cara afeitada y limpia, ojos claros de maravillosa penetración, y ofrecía en general el aspecto de lo que en realidad era, el veterano más grande del Oeste.