Caravana de heroes
Caravana de heroes Nunca hubo un hombre blanco empleado en el rancho de Maxwell. Cuando alguna caravana acampaba allí, lo cual era frecuente, era muy cortés con las mujeres que hubiera en ella. El vago rumor de unos amores desgraciados nunca tuvo confirmación, pero la tristeza de su expresión y la sombra de sus ojos de águila parecían justificar esta sospecha.
La casa principal parecía más un fuerte de blancas paredes que el hogar de un hombre. Era de construcción española, larga, baja y pintoresca, con un ancho porche al frente, desde el cual se dominaba el panorama más magnífico del Oeste, fascinador para sus visitantes. Maxwell y sus huéspedes, que siempre eran numerosos, reposaban allí a la sombra, mirando como si nunca se hubieran de cansar de ello.
En su comedor cabían cien comensales y con frecuencia los había. La casa y la cocina estaban administradas por viejas y experimentadas mujeres mejicanas, cuyas habitaciones estaban completamente aisladas de las de los hombres. Ningún huésped de Maxwell vio nunca una mujer. La mesa era servida por muchachos mejicanos limpios y listos, que hablaban bien el inglés.