Caravana de heroes

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Detrás de la casa principal, un espléndido bosque daba sombra a edificios de infinita variedad. Una carpintería, una herrería, telares, zapatería y talabartería atestiguaban la suficiencia de Maxwell. Más allá estaban los establos, los corrales, los cobertizos, muchos en número, todos blancos y limpios. Y detrás de ellos, los pastos se extendían por muchas millas, hasta las montañas.

Como muchos otros hombres de su tipo, Maxwell, a quien sus amigos llamaban Coronel, era un jugador empedernido. No le importaba ganar o perder, pero si ganaba era inexorable en cobrar sus ganancias, aunque se llevase hasta el último céntimo de su contrario. Pero si el que perdía, o cualquiera, le pedía dinero, Maxwell contestaba: «¿Cuándo me lo, pagará?». Y al recibir la respuesta, entregaba invariablemente la suma solicitada. Y nadie engañó nunca a Maxwell.

Clint estaba presente una noche en que Kit Carson perdió jugando con Maxwell todo lo que tenía, lo cual causó al último gran satisfacción.

—Oye, Lew, me has ganado hasta el último peso —protestó Carson—, y no puedo volver arruinado a mi casa y a mi mujer.

—Lo siento, Kit, pero has querido jugar conmigo, sabiendo, que tú no puedes tocar las cartas —replicó el coronel.


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