Caravana de heroes

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Clint, ciego y anonadado, había sentido el tirón que May le daba del brazo para levantarse a tiempo; y necesitó otro tirón más fuerte para volverse a sentar.

—Amigos —continuó Maxwell, que permanecía en pie—, tenemos esta noche un honor y un privilegio rara vez conseguido en esta frontera. Un ministro de Dios está entre nosotros… Padre Smith, ¿quiere usted bendecir la mesa?

El sacerdote que se levantó era tan robusto y viril como cualquiera de los demás. Todas las cabezas se inclinaron.

—¡Bendice, Señor, este nuestro pan! ¡Bendice, Señor, esta unión de soldados, exploradores y pieles rojas! ¡Bendice a los jóvenes que han elegido el Oeste para establecer sus hogares! ¡Bendice a la pequeña May Bell y al prometido que eligió en su infancia! Bendícelos y condúcelos más lejos en fidelidad, en esperanza, en la gloria del sueño del amor, en las duras pruebas de la vida en la frontera. ¡Amen!

Durante esta plegaria, Clint se sintió arrancado de las opuestas emocionas que habían llegado a embotarlo. Por debajo de la mesa, May tomó una de sus crispadas manos y la apretó suavemente, apoyando su palma contra los nudillos calientes y agitados de él, con una ternura que ni aun su estupidez podía dejar de comprender.


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