Caravana de heroes
Caravana de heroes Jim Couch, con media caravana, llegó a altas horas de la noche del 2 de agosto. Clint no lo supo hasta la mañana siguiente, en que su patrona le informó de que Couch había mandado recado. Clint, sin esperar a almorzar, corrió hasta el almacén de Aull.
Era una caravana de triste aspecto, pero Joe Anderson, después de un alegre saludo, le aseguró que sólo tenían algunos hombres heridos y ninguno muerto, y que habían llegado con todo su valioso cargamento.
Clint halló en Couch un jefe digno de tal compañía. Estaba sucio y barbudo y llevaba en la cabeza una venda empapada en sangre seca. Cuando vio a Clint gritó:
—¡Búfalo! —y le cogió con sus duras manos—. ¡Cuánto me alegro!… Estás pálido y más viejo pero fuerte y bueno otra vez.
Clint respondió a su caluroso saludo y en seguida preguntó:
—Tío, ¿tiene usted una carta para mí?
—No, lo siento —replicó Couch, pensativo.
—¿Ninguna noticia?
Muchas noticias. Me figuro cuáles querrás oír primero. En otoño pasado, cuando volvimos al rancho de Maxwell, tu novia se había ido. Los Clement estaban en Taos, y Maxwell me dijo que la última vez que había visto a May estaba bien. Pero se afectó mucho con tu marcha. Yo fui a Santa Fe y envié una carta a Clement.