Caravana de heroes
Caravana de heroes En la gris penumbra se alejó del camino y halló un satisfactorio escondite donde abundaba la hierba pero faltaba el agua. Cuando se acostó le parecía tener un peso sobre el pecho y persistía la nebulosa condición de su mente. Aquella tarde, después de una inspección del país, salvaje, solitario y gris, encendió una pequeña hoguera y asó en ella trozos de búfalo, con lo cual y con galleta dura satisfizo su hambre.
Ya había empezado el crepúsculo cuando se aventuró de nuevo en el camino, pero lo veía distintamente. Por larga costumbre, sus ojos registraron el terreno hacia delante, a los lados y la espalda; por fin se fijaron en el sendero y su aspecto le hizo inmediatamente caer de rodillas para examinarlo con atención. Observó las huellas en todas direcciones y al final se levantó, temblando todos sus miembros al darse cuenta de que la segunda caravana, la que seguía las huellas de Blackstone, había cambiado de dirección. En la oscuridad de la noche anterior, Clint había pasado una bifurcación por donde se desviaban los emigrantes que se dirigían a Texas. Aquella segunda caravana tenía forzosamente que, haber hecho esto. Tal cosa aumentó la perplejidad y los temores de Clint. No era un experto rastreador, pero los años que pasara contemplando el camino le habían enseñado mucho. Diez o doce carros tirados por caballos y algunos jinetes se habían dirigido al fuerte Lamed.