Caravana de heroes

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Clint tenía la prueba indiscutible de que la pérdida de carros había sido de la caravana de Blackstone. Quizá la segunda nunca había alcanzado a la primera y el miedo mordía como un lobo las entrañas de Clint. No se atrevía a volver, ni aunque esto hubiera sido de algún provecho. Sólo podía suponer lo que había sucedido. Según lo que él sabía del viaje y de los ataques de los indios, las probabilidades estaban en favor de que los hombres de Blackstone hubieran rechazado a los Kiowas con más o menos pérdidas. Sin duda habían abandonado la mayor parte de los carros, que los Kiowas habían quemado. Si hubiera algún muerto blanco por el camino, estaría desnudo, mutilado y sin el cuero cabelludo.

Después de aquel punto las noches fueron para Clint eternas y torturadoras. La nieve le cogió, pero pudo llegar a Fort Larned antes del rigor del invierno.

La aurora del último día le cogió a diez millas del fuerte, al que llegó hambriento, cansado y huraño, duro y sombrío, lleno de infinito respeto hacia el caballo que le había traído.

Entró en el corral de Aull y Compañía y le dio a un muchacho mejicano un dólar para que cuidase de su caballo. Luego entró en el almacén donde era bien conocido. El agente Beckett levantó las manos al verle.

¡Búfalo Belmet! ¡Por fin ha caído Jim Couch!

—No; he venido de Santa Fe solo —repitió Clint.


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