Caravana de heroes
Caravana de heroes Clint conocía demasiado el horror de la vida de la frontera para lamentar su destino como algo más amargo que había sido para muchos otros. Esta presunción hubiera sido ignorancia y locura. Pero creía que ninguno había disfrutado de bendición mayor que el amor que May Bell pusiera en él, ni conocido a una mujer tan adorable y dulce como ella. Y que ningún hombre podía haber tan desgraciado y estúpido, tan precipitada y celoso que destruyese él mismo a la mujer que le amaba. Pero los golpes brutales que le había asestado la frontera no eran peores que los que asestara sobre miles de otros hombres, mucho más dignos que él. ¿No gemía en cada paso del camino el trabajo de un acarreador? ¡Cuántas tumbas solitarias bajo la ondulante hierba!
Quince años hacía ahora que Clint empuñaba las, riendas a través de la pradera. Pocos llaneros habían sobrevivido tantos años. El sueño que una vez acariciara, de dejar el viaje por la llanura y retirarse a un vallecito, cerca de un fuerte o ciudad, había sido una loca quimera que sólo volvía en agitadas pesadillas.
A su llegada a Santa Fe fue, con sorpresa por su parte, saludado como un espectro.
—¿Búfalo Belmet? —exclamó Buell sin querer dar crédito a sus ojos.
—Pues claro, Búfalo Belmet —replicó con impaciencia.
—¡Pero si estabas muerto!