Caravana de heroes
Caravana de heroes —Ahí va. Dile a tu madre, o a quien sea vuestra cocinera, que los sale y los fría en seguida sin harina. Clint no oyó las gracias que ella murmuraba, dividido entre la esperanza de que se fuera y el temor de que no se quedase. Pero ella se sentó en la hierba y le miró amistosamente.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Clint Belmet.
Ella lo repitió riendo.
—¡Qué nombre tan gracioso! Es más bonito que el mío.
—¿Cómo es el tuyo?
—May Bell.
—Pues es muy bonito.
—¿Tienes hermanos o hermanas?
—No. No somos más que mi padre, mi madre y yo.
—Igual que yo… ¡Qué aburrido! Mi madre dice que estoy echada a perder. ¿Y tú?
Creo que mi padre piensa lo mismo. ¿De dónde eres?
—De Ohío. Vivíamos en una granja.
—Nosotros también, en Illinois. A mí no me gustaba, pero este viajar al Oeste sí que me gusta; ¿y a ti?
May meditó sobre esto muy seria.
—Algunas veces me acuerdo de nuestra casa.
—¡Bah! ¿Qué hacías en casa?
