Código del oeste
Código del oeste —¡Con alma y vida! —repuso la chica, también en voz baja, y brillándole los ojos de entusiasmo—. No me separaré de usted aunque tengamos que ir andando. No se preocupe por mÃ. Esto es magnÃfico. Manténgase sereno, y acabaremos tomándoles el pelo a todos ellos.
La mirada que ella le echó, al contemplarlo, con su semblante joven, avispado, retador; las palabras cuchicheadas rápidamente, y que establecÃan un completo acuerdo entre los dos, compensaron con creces a Cal por la humillación sufrida y disiparon el temor de que se habÃa sentido invadido. El mozo se sintió súbitamente animado por una fuerza nueva, incontrastable, que tomaba su origen en algo que brotaba de la emoción que poco a poco se iba apoderando de él.
—Reconozco que debo confesar que valgo bien poco como mecánico. Apenas si sé la diferencia que existe entre un motor de automóvil y un poste de telégrafo —dijo el muchacho.
La regocijada risa con que recibió ella su confesión fue interrumpida por la voz de Wess, preguntándole burlonamente a su primo:
—Oye, Cal, ¿quieres que traiga una pareja de caballos para darte remolque?
A lo cual se permitió añadir Arizona, haciendo una mueca muy significativa:
—Cal, ¿qué es eso? ¿Marcha o no marcha tu famosa cafetera?