Código del oeste
Código del oeste Tim Matthews descendió del porche con arrogante continente, diciéndole:
—Creo que se te ha agotado la gasolina —y la serenidad de su semblante ocultaba a maravilla la mentira de su observación.
Wess, aproximándose al coche, manifestó entonces:
—Primo, supongo que querrás que la señorita Stockwell esté en casa para la hora de cenar.
—Claro que sí. Allí estaremos, sin duda alguna —replicó Cal.
—Hum… Con este vehículo no lo vas a lograr. Mira: en el coche grande tenemos sitio para ella y su equipaje.
—¿Y yo? —inquirió Cal con sarcasmo.
—Oh, para ti no hay lugar. ¡Imposible! —repuso Wess extendiendo sus manazas en ademán confirmativo de su aseveración—. Ya, tal como está, lo tenemos cargado con exceso… Quizá si Tim, o Panhandle, o Arizona quisieran quedarse en el pueblo y te cedieran su puesto…
—Yo tengo que volver esta noche sin falta —dijo Tim.
—Chico, de sobra sabes que yo, por mi parte, estoy dispuesto a hacer cualquier cosa en tu servicio, pero vine a Ryson exclusivamente a comprar medicina para mi caballo, y he de regresar en seguida —dijo Arizona.