Código del oeste
Código del oeste Su peculiar acento y extraño modo de hablar les chocaron bastante a Wess y sus camaradas, quienes no sabían qué pensar de aquel largo y flaco personaje, cuya actitud les impuso silencio. Se le quedaron mirando con mal disimulada sorpresa. Tuck, con mucha lentitud, pasó a la parte delantera del automóvil y levantó la tapa del motor, metiendo luego su largo cuello en las profundidades mecánicas del artefacto, donde sumergió la cabeza. Silbando despreocupadamente, miró y remiró. Luego irguióse, para examinar y tocar diversas partes de la máquina. Los circunstantes no le tomaban en serio; pero Cal presumió que Tuck tenía in mente algo más que la posibilidad de componer algún desperfecto. El flaco andaba con unas piezas y otras; apretaba aquí, aflojaba allá, ponía esto, quitaba aquello, con aires de persona muy entendida en lo que estaba haciendo.
—¡Jo, jo, jo! —estalló de pronto el ganadero Bloom, riéndose groseramente, apoyado en un poste del porche—. ¡Aquí tenemos un espectáculo bastante divertido!
Merry no le hizo caso, ni a él ni a los demás, que corearon sus risotadas, y siguió muy serio con sus manipulaciones.
—Cal, tu papá me ha dado licencia para un día nada más, y no puedo exponerme a perder el empleo —indicó Pan Handle.