Código del oeste

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Pero ese pensamiento le trajo a la imaginación la grande y sincera estima en que tenía a los niños y jóvenes con quienes había venido a estar en contacto. Conocía especialmente bien a las tres familias Thurman, pues había vivido largo tiempo en sus respectivos hogares. Los hijos, en particular, eran merecedores de profundo aprecio. Jóvenes todos, la mayoría contaba muy poco más de los veinte años de edad, aunque Enoch Thurman había cumplido ya los treinta, y Serge, su primo, era sólo muy poco menos viejo. Todos eran infatigables jinetes, duros para el trabajo en los vastos campos del Tonto. Solamente uno era casado. Y las posibles novias eran tan escasas, que los mozos siempre andaban a la greña, peleándose entre sí por la disputa del amor de las pocas jóvenes disponibles. En todas las estaciones del año pastoreaban el ganado vacuno, ayudándose unos a otros, cortaban madera, labraban los campos, sembrando y cosechando maíz y sorgo, y perseguían a los osos y leones que solían atacar a las reses. Cuanto dinero ganaban, que no era mucho, se lo entregaban a su madre. Raras veces se alejaban de sus predios hasta más allá de Ryson. La vida ciudadana no los seducía. Varios de los Thurman habían estado en campos de instrucción militar durante la guerra, y uno de ellos, Boyd (el mejor jinete, enlazador, hachero y cazador del conjunto), había prestado servicio en Francia. Regresó sin haber sido herido y, al parecer, nada cambiado por cuanto tuvo que soportar. Ese hecho, más que ningún otro que pudiera citar la señorita Stockwell, destacaba la vigorosa individualidad de los Thurman y el carácter peculiar de la región en que vivían. El viejo Henry Thurman solía decir con orgullo:


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