Código del oeste

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—Boyd no ha tenido ni una sola mala nota, ni en el cuartel ni en la guerra.

Durante sus años de magisterio en el Tonto, la señorita Stockwell jamás había visto a un Thurman, ni a ninguno de sus parientes, bajo la influencia del alcohol. No mentían. Si prometían algo, lo cumplían estrictamente. Limpios física y moralmente, buenos, varoniles, enérgicos y valerosos jóvenes gigantes le parecían todos ellos a la entusiasta maestra. Fumaban cigarrillos que ellos mismos hacían, y estaban siempre dispuestos a darse de puñetazos por el motivo más insignificante. Eran tranquilos, reposados, calmosos, contentos con su suerte, fríos montunos, fuertes y habilidosos en campo abierto, llenos de recursos de latente ardor y de reservas vitales que raras veces se veían obligados a desplegar. Les gustaban las bromas, los chistes, las chirigotas, el retozo y el baile. Entre aquella juventud de rústicos y atrevidos montañeses, una muchacha de la clase de Georgiana iba a ser como una tea incendiaria en medio de una pradera de abundante pasto seco.

El agudo clip-clop del trote de unos caballos que avanzaban por el camino interrumpió la meditación de la señorita Stockwell. Los jinetes regresaban de los campos de crianza. Mary pensó que debía salirles al encuentro sin demora, para convenir con uno de los muchachos que fuera a Ryson al día siguiente para recibir a la viajera.


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