Código del oeste

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Cal pasó junto a Wess, Pan Handle y Tim, y por delante del garaje, donde estaban asomados los mecánicos, denunciando con su actitud la parte que habían tomado en la confabulación, y siguió camino adelante, hasta salir del pueblo, penetrando en seguida en campo abierto. El cuidado de la conducción del vehículo y el haber salido ya de Ryson alivió a Cal de la tensión nerviosa en que había permanecido hasta entonces y le dejó a merced de nuevas y extrañas sensaciones. Mucho de lo que había temido había pasado, pero en forma diferente, y hasta perdido su odiosidad. Todo el resto parecía misterioso y seductor. Algo había acontecido. Se sentía animado, gozoso, y, sin embargo, tímido. Deseaba mirar a la muchacha, pero le faltaba decisión para hacerlo. El bien conocido camino, tortuoso, polvoriento, bordeado de maleza, había perdido totalmente su antiguo aspecto, su larga monotonía y su gris y verde pesadez. Ahora conducía a la aventura y al romance. Incitaba sus ansias juveniles. Le resultaba desmedidamente corto. ¡Sólo dieciocho millas hasta Creen Valley! ¡Cuánto le hubiera gustado que la distancia fuera diez veces mayor! Sobre el valle flotaba un dulce hechizo, no del todo proveniente de los rosados velos suspendidos en la atmósfera y de los áureos destellos del sol. El soñoliento aire, que comenzaba a refrescar, tenía para Cal un olor y sabor gratísimos. Mas, a despecho de todo eso, a despecho de la agradable conclusión del día, después del molesto comienzo, a despecho de la innegable satisfacción del momento presente, le quedaba aún, en el fondo del alma, un vago y singular temor, como una sombra detrás de la radiante luz que le bañaba la mente. La sentía junto con todo el resto.


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