Código del oeste

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Georgiana permaneció inmóvil y silenciosa durante la primera milla del viaje. Cal, mirándola de reojo, notó que iba muy quieta y pensativa. Advirtió también cuándo comenzó a interesarse en el paisaje y en él. Varias veces la sorprendió observándole, y cada vez le agitó ese signo de interés.

De pronto, la joven se volvió, para dirigirle la palabra a Merry (de quien evidentemente se había olvidado hasta aquel instante).

—Señor Merry, gracias por… haber defendido a las mujeres del Este —dijo en tono vacilante—. Aquel zote se portó de un modo horrible, y mereció bien cuanto le dijo y le hizo. Nunca vi a nadie pegar como le pegó usted. Le aseguro que se llevó su merecido.

—No vale la pena hablar de eso —contestó Tuck con galantería—. Yo siempre me pongo de parte de las damas. Y, además, tengo una hermanita exactamente como usted, aunque no tan linda.

—Gracias. Veo que es usted tan adulador como amigo de dar porrazos —observó ella alegremente—. Señor Cal, ¿qué opina sobre el particular?


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