Código del oeste

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—Hágame el favor de no llamarme señor —respondió Cal—. ¿Qué opino de Tuck? Que es admirable. Estuvo magnífico cuando se encaró con Bloom, y después de cantarle las verdades, le rompió las narices, le martilleó la barriga y lo puso patas arriba de un soberbio puñetazo. ¡Espléndido de veras! ¡Si Enoch lo hubiera visto!…

—¿Quién es Enoch? —preguntó la muchacha.

—Mi hermano mayor. Un muchacho excelente. Él y Bloom se detestan a más no poder. Y todos nosotros estamos de parte de Enoch. Los Thurman nos apoyamos siempre unos a otros, con razón o sin ella. Pero en este caso, la razón es nuestra. Bloom es un mal sujeto, y ese charro vaquero suyo, Bid Hatfield…

Cal se detuvo en sus impulsivas manifestaciones. El recuerdo de Hatfield le era particularmente penoso en aquel instante de incomprensible dulzura. Y la señorita Georgiana, a su vez, pareció advertir el profundo efecto que a su acompañante le producía el acordarse del odiado antagonista. Su mutismo, y la ligera sombra de melancolía que la invadió, atormentaron el corazón de Cal con una sensación completamente nueva para él: la llama de los celos.

—¿Le gustó a usted la presencia de Hatfield?

—¡Oh, ya lo creo! Me pareció un simpático actor de cine —repuso ella candorosamente—. Me cautivó al primer golpe de vista. No puedo negarlo.


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