Código del oeste

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El hermoso sueño de Cal sufrió un terrible eclipse. Si antes no hubiera tenido suficiente motivo para odiar a Hatfield, lo tenía ahora. Por añadidura, la manera de hablar que a veces empleaba la señorita Stockwell empezaba a molestarle e inquietarle. Se había dejado impresionar por el vago encanto de su presencia y por la dulzura de su voz. La chica era deliciosa. Pero la realidad de su modo de ser comenzaba a perturbarle.

—Bueno, las mujeres del Este no se diferencian de las del Oeste, en lo que respecta a Bid Hatfield —manifestó Cal, impelido por un arranque de cáustica sinceridad—. No hay duda de que las muchachas del Tonto también se dejan cautivar por él, como usted ha dicho.

—Vamos, que ese gallardo tipo es una especie de «vampiro» masculino —replicó Georgiana, riendo, entre seria y burlona.

Cal se tragó la respuesta que de buena gana hubiera dado. Su furioso antagonismo contra Hatfield tomaba en aquel momento la forma de despecho contra la joven, de rabia contra sí mismo, y desilusión por lo que un breve rato antes se le antojara una situación en extremo placentera. Tratando de distraerse de su melancólico estado de ánimo, aceleró la marcha cada vez más, con el resultado de hacer que el «Ford» desarrollara una velocidad pasmosa, casi inconcebible en semejante máquina.


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