Código del oeste

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Traído así a su juicio, Cal moderó la marcha, conduciendo en lo sucesivo con mayor cuidado. Se esforzaba por desentenderse de la turbadora proximidad de Georgiana, pero se vio burlado en sus esfuerzos, porque quiso el azar que una fuerte sacudida del coche arrojara a la joven contra él, y allí se quedó en estrecho contacto, sin dar el menor indicio de tener especial deseo de apartarse. Cal, no obstante, se juró no permitirle que notara cuanto le aturdía y emocionaba. Una vez miró para atrás, cuando iban por un largo tramo recto del camino. El coche grande de los Thurman, con Wess y los muchachos, los venía siguiendo a distancia. Cal advirtió, con el consiguiente disgusto, que marchaban despacio, de intento, esperando detrás de él que se produjera el inevitable desastre (fuera éste el que hubiera de ser). Ahora le dolería que ocurriera algún incidente, a diferencia de un rato antes, que no le hubiera importado lo que pasara. Se sentía herido en sus sentimientos, y dióse a pensar que no le convenía tomar demasiado interés en una muchacha como la que tenía al lado. Ella era del Este. Él, del Oeste. Georgiana nunca lo querría, aun en el supuesto de que pudiera proceder seriamente —cosa que él dudaba—. Nunca llegarían a entenderse.

—Cal, esta limousine parece que no va a romperse nunca —dijo la joven de repente. Evidentemente, no podía estarse quieta ni callada mucho tiempo. Cal la notaba inquieta, vehemente, vibrátil.


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