Código del oeste

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—Sí. ¿Esperaba que se hiciera pedazos?

—¡Es claro! Y que nosotros saliéramos de estampía por un lado, mientras el señor Merry rodaba por el otro.

—¿No les tiene miedo a los autos? —inquirió el mozo con marcada curiosidad.

—¿Miedo? ¡Vaya, hombre! ¿A santo de qué?

—A causa de los accidentes. Yo, por mi parte, los temo muchísimo. En cambio, me gustan enormemente los caballos, por más fogosos y ariscos que sean.

—¿De qué sirve el tener miedo? Si una va a romperse la crisma, se la rompe de todos modos… y vaya con Dios… ¡Cualquier día me preocupo yo de eso!

Aquella muchacha era de una especie totalmente nueva para Cal, y cuanto más hablaba con ella, tanto mayor era su confusión. Pero, indudablemente, junto con esa confusión crecía el encanto que irradiaba de la joven, envolviendo al muchacho, aun a su pesar.

—¡Oh, qué hermoso país! —exclamó Georgiana cuando Cal, después de pasar la última curva del camino, llevaba el automóvil por entre las colinas.

—Hermoso es poco decir, señorita Georgiana. Es divino. Aguarde un poco.

—Apéeme el tratamiento, hombre, ¡por el amor de Dios! —dijo ella con impaciencia.

—¿Qué? —preguntó Cal, confuso.


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