Código del oeste
Código del oeste —Que suprima el señorita, ¿quiere? No soy ninguna vieja. Acabo de cumplir los diecisiete. Llámeme Georgiana.
—¡Ah… ya! Muy bien —respondió Cal; pero la impresión que recibió no fue agradable. Sin embargo, el elogio que ella habÃa hecho de su amado paÃs le satisfizo tanto que la miró con simpatÃa y gratitud. De fijo, no existÃa en todo el mundo paÃs más bello que aquél. Y con esta idea vino unida otra, que atravesó su cerebro como un relámpago, desasosegándole y provocando otros pensamientos afines: ¿serÃa posible que aquella muchacha llegara a amar de veras aquellas deliciosas regiones de la Hoya del Tonto? ¿Se quedarÃa allà para siempre? ¿ConstituirÃa allà su hogar? Cal experimentó una rara e inexplicable sacudida en el corazón.