Código del oeste

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—Bueno, pues están locas —sentenció Cal prestamente—. ¡Locas de remate, con la sesera vacía, señorita Nueva York!

—¡Es usted insoportable! —refunfuñó la chica—. Me extraña que mi hermana lo aprecie tanto… Le aseguro que ahora siento no haberme dejado acompañar por el señor Bid Hatfield.

Cal sintió que la sangre le enrojecía la cara. ¡Vaya con la fierecilla aquélla! Creyó que empezaba a odiarla.

—¡Ajú! Gracias. Es la segunda vez que me dice algo que he de tener muy presente —le advirtió—. Tiene que aprender todavía ciertas modalidades del Oeste, señorita Stockwell. Lamento haber sido lo suficientemente tonto para abrir la boca. No podemos comprendernos. Y respecto a lo que ha dicho de Bid Hatfield…, quiero que sepa sin demora que actualmente va usted a casa en compañía de un caballero (que no deja de serlo aunque lo califique usted de montaraz)…, y si se hubiera usted dejado acompañar por Hatfield, a estas horas ya se habría enterado de lo que opinaba él de sus medias rodadas hasta los tobillos.

Georgiana se puso pálida, y permaneció inmóvil, con la vista fija en el camino. Al cabo de unos minutos de total silencio, habló de nuevo, en tono bien distinto.


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