Código del oeste

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—¿Sus palabras son justas y desapasionadas o se las ha inspirado la cólera?, —quiso saber, con extraordinaria calma—. ¿No calumnia al señor Hatfield?

—Me he expresado con absoluta justicia y sin apasionamiento alguno. Yo soy incapaz de calumniar a nadie. Si quisiera, la informaría de cosas harto desagradables, pero me conformaré con decirle que Hatfield ofendió una vez a mi hermana… El día menos pensado tendré que matarlo.

Al oírlo, se sobresaltó ella, y se volvió bruscamente, con los labios separados. No obstante, no respondió nada. Reclinóse luego en el asiento, y, quieta y silenciosa, sumióse en ceñuda meditación. En ese momento, Cal creyó adivinar lo que pasaba por la mente de la joven, y le pareció que se debatía contra algo que él había provocado, ya fuera enojo, ya arrepentimiento; que, de súbito, se había enfrentado con una verdad desnuda, no advertida jamás antes, y la estaba analizando con todo el vigor de su espíritu práctico y decidido. La idea le dejó tan rápidamente como le había venido, pero, en cierto modo, no podía librarse por completo de su influencia. Quizás la muchacha no era tan despreocupada ni tan cínica como se empeñaba en aparentar.


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