Código del oeste
Código del oeste —Señorita Georgiana, ¿se ha lastimado? —interrogó Cal al darse cuenta de que la linda cabeza se apoyaba pesadamente contra uno de sus hombros.
—Me… parece… que no —contestó ella con voz un tanto trémula—. Siento algo de dolor… en el cuello…, como cuando se juega a «restallar el látigo»…, ¿sabe usted?
—¡Oh, cuánto lo lamento! —dijo Cal con acento sincero, pues todo su anterior resentimiento se le habÃa disipado, como si jamás hubiera existido. El sombrero de la joven le tocaba la cara a él; una de las mejillas de ella descansaba sobre el hombro del muchacho, y luego resbaló un poco más hacia abajo. Las pequeñas manos parecÃan inertes. ¡Qué graciosas y delicadas eran! De nuevo aquella extraña ebullición, que experimentara antes el mozo en el pecho, surgió avasalladora, indomeñable, estremeciéndole hasta lo más mÃnimo de su ser. Rodeóle el talle con un brazo, más (según pensó) para sacarlo de en medio y evitar que la molestara que por ninguna otra cosa Sin embargo, cuando el esbelto cuerpecillo se deslizó un poco más, pegándose al de él, experimentó Cal una agradable sensación de fuerza, por su capacidad para sostenerla. ¿Se irÃa a desmayar? ¿Qué habrÃa de hacer?
—Señorita… Stockwell —profirió Cal—, ¿está segura… de que no ha recibido ninguna herida? Por Dios, no vaya a desmayarse…