Código del oeste

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Cal permanecía silencioso, contemplándola, hasta que por fin, apartó de ella la vista. Prefería dejar que creyera Georgiana que lo había engañado con su falso semidesmayo, cuando, en realidad, había adivinado que el recostarse y pegarse contra él y el acurrucarse en el brazo que le ceñía el talle lo había hecho por pura diablura femenina o por coquetería. La inspección a que la sometió Tuck Merry y la intencionada y traviesa observación que hizo fueron la causa de que ella interrumpiera la comedia y se repusiera instantáneamente. Sirvieron asimismo para que Cal se tranquilizara y supiera a qué atenerse. ¡Qué chiquilla! Cal pensaba que su ternura era cosa de reírse. Su corazón estaba profundamente afectado por un mal inexplicable. Le atormentaba. Era cosa seria, desconcertante.

Precisamente entonces, el coche grande, con Wess y los muchachos, remontó la última altura y vino a detenerse cerca del «Ford».

—Bueno, aquí estamos —gritó Wess con displicencia.

—Tardaste bastante en estrellar el «Ford».

—¡Cal, pillastre, conseguiste hacer la mitad del camino! —dijo Panhandle admirativamente—. Tengo que presentarte mis excusas por haber insinuado que no lo sabías manejar. ¡Eres un chófer magnífico!…


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