Código del oeste
Código del oeste —¡Oh, muchachos, apuesto a que ese caballero que Cal recogió tiene la culpa de que haya fracasado nuestra diversión! —gruñó Arizona.
—Oiga, patas largas —le chilló Tim Matthews a Merry, que estaba examinando el motor—: ¿Ha reventado… se ha despanzurrado…, desjarretado…, hecho añicos?…
—Señor, ¿se refiere al «Ford» o a la señorita? —preguntó Tuck, con mucha calma.
—Me refiero al coche, pedazo de mentecato —vociferó Tim.
—¿Así, pues, te metiste de cabeza en la cuneta? —añadió Wess extrayendo su largo corpachón del sitio que ocupaba en el automóvil—. ¡Definitivamente destrozado! ¿Ji?
Todos los acompañantes de Wess salieron de su coche y cachazudamente se aproximaron al «Ford». El crepúsculo iba gradualmente perdiendo su luz, y los rostros de los recién llegados no podían ser vistos con claridad. Entre tanto, Cal cavilaba, buscando la mejor manera de encarar la situación. ¡Si pudiera desquitarse, devolviéndoles la pelota! De repente cruzó por su cerebro una idea atrevida. Dejándose llevar de su impulso, se inclinó hacia la muchacha para hablarle al oído.