Código del oeste

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—Se han portado mal conmigo y me han jugado una partida serrana. Así, pues, ¿no querría hacerme el favor… de ser buena y olvidar cuanto he dicho… poniéndose de mi parte? Todavía puedo derrotarlos.

—Adelante, entonces. Estoy dispuesta a secundarlo en todo —murmuró ella.

Cal volvió a su posición anterior, íntimamente conmovido y trémulo. ¡Cómo le impresionaba aquella mujer! Su suave cuchicheo, sugerente de perdón y lealtad, parecía habérsele quedado pegado al oído.

—Vamos, Cal, ¿por qué no desciendes de tu cabalgadura? —preguntó Wess con acento meloso y arrastrando como siempre las sílabas.

—Primo, suelta de una vez la carcajada y descarga tu pecho cuanto antes —repuso Cal en voz alta y clara—. Yo sabía que habías andado con el motor.

—¿Lo sabías? ¿Desde el principio? ¡Bueno, que me cuelguen!… Muchachos, ¿habéis oído a Cal? Dice que lo sabía ¡«desde que comenzó la cosa»!… ¡Ja, ja, ja!

Sus compañeros le acompañaron en sus risotadas, haciendo resonar el anochecer con sus ruidosas manifestaciones de regocijo. Tim Matthews fue el primero en dejar de reír para decirle al muchacho:

—Cal…, si alguna vez… has de zurrarme…, ahora tienes una excelente oportunidad… porque estoy más débil que un ternero.


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