Código del oeste
Código del oeste Pero Cal permaneció callado, y este extraño hecho (que, manifiestamente, no era lo que esperaban los otros) pronto produjo en todos ellos un efecto contrario al que era de presumir.
Al fin habló Cal.
—¡Ajú! —dijo—. Se sienten ahora satisfechos, ¿no es cierto? Se han salido con la suya. Le han dado otra broma pesada al bebé de la familia… Perfectamente… Ahora, escuchen. La intención acaso fuera buena, aunque no me fío de ninguno de ustedes, pero el resultado no ha podido ser peor. De sobra saben que soy un mal chófer, y cuando algo se descompuso en el motor, me asusté…, perdí el dominio de la máquina… y vinimos a dar aquí. La señorita Georgiana sufrió una conmoción terrible. Se ha desmayado dos veces. Temo que esté lastimada…, acaso seriamente.
Se produjo un silencio de muerte. Cal se sintió contento.
Conocía bien a aquellos mocetones, de excelente corazón.
¡Si Georgiana representara su papel como era debido…! De pronto el silencio fue desgarrado por un gemido de angustia. Georgiana lo había lanzado, estableciendo, fuera de duda, en la mente de Cal la prueba de que se trataba de una consumada actriz. El muchacho hubiera de buena gana expresado su alegría a gritos. ¡Aquella chiquilla era un prodigio!