Código del oeste

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—¡Oh, diablos! —balbució Wess con sincera pena, realmente consternado.

—¡Dios mío! —exclamó Arizona—. Cal, no digas que la señorita se ha hecho daño…

Los otros dos muchachos que completaban la pandilla estaban tan apesadumbrados por el accidente, que no encontraban la forma de expresar sus sentimientos, especialmente Tim, que había sido el organizador del enredo que tan mal cariz iba tomando.

—¡Vamos; no se queden ahí pasmados como un montón de idiotas! —gritó Cal—. Desocupen la parte de atrás de su coche, para que pueda yo trasladarla.

—Bueno, esto ya no tiene remedio —añadió Wess vivamente—; y ustedes, que son los culpables, a ver si se mueven ahora. —Luego se aproximó al «Ford», por el lado donde estaba la muchacha, y abrió la portezuela. Georgiana yacía semitendida, arrebujada en la oscura manta, en actitud singularmente pasiva e inerte. Cal se acercó aún más a ella y con extrema solicitud le rodeó el cuerpo con los brazos, alzándola en vilo. Sonó otro gemido de dolor.

—¡Qué desdichada suerte! —exclamó Wess roncamente—. Cal, créeme. Te juro, por Dios, que no he sido yo quien ideó esta confabulación. Fueron Tim y Panhandle… Déjame ayudarte… ¡Despacio…! ¡Con cuidado…!


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