Código del oeste
Código del oeste —No te inquietes, Wess… Yo puedo hacerlo sin ayuda repuso Cal, saliendo del «Ford» con Georgiana en brazos. ¡Qué liviana era! La hubiera podido llevar fácilmente hasta Green Valley. Los muchachos le siguieron en silencio, ayudándole a subir al automóvil, donde se sentó, dejando que Georgiana se deslizara de su regazo para apelotonarse en un rincón próximo. Pero siguió reclinada contra él. El sombrero se le habÃa desprendido, colgándole sobre la nuca. Cal apenas le distinguÃa el blanco resplandor de la cara y los grandes ojos, ahora extrañamente negros.
—Cal, sosténle la cabeza —dijo Wess asumiendo la autoridad que creÃa tener sobre la cuadrilla—. Ya sabes que el camino es malo en algunas partes. Muchachos, dense prisa; traigan el equipaje. Y oiga usted, forastero, ponga su lÃo sobre el guardabarro y acomódese como pueda en el estribo.
En pocos minutos todo estuvo listo para emprender la marcha. Tim y Panhandle se apretujaron en el asiento delantero, junto con Wess, y Arizona ocupó el único lugar que quedaba disponible, al lado de Cal.
En este crÃtico instante, Georgiana lanzó un gemido que partÃa el corazón.
—¡Oh, señor Cal… —sollozó—, pensar que esos jóvenes… sean tan crueles…!