Código del oeste
Código del oeste Jamás en su vida condujo Wess un automóvil con mayor pericia y más cuidado que en aquella ocasión. Se deslizaba magistralmente por encima de los malos pasos, procurando no sacudir a la pobre señorita, que se había quejado tan patéticamente de tener el cuello roto. Pan Handle parecía sumido en las profundidades de la más tétrica melancolía, mientras que Tim Matthews, el instigador del complot, hubiera podido muy bien ser tomado por un reo que fuera camino del patíbulo. Decir que estaba desesperado sería decir poco para expresar su lamentable estado de ánimo. Y en cuanto al bromista y despreocupado Arizona (siempre metido en líos ajenos), permanecía encogido en su asiento, mudo y triste, al lado de Cal, y era evidente que tenía el corazón metido en un puño.
La noche aumentaba en oscuridad, y cuando el auto penetró en lo más denso del bosque, todo era negro como la pez, excepto la angosta faja del camino. Cal apenas podía ver la cara de Georgiana, apoyada contra su hombro. Cada vez que Wess aminoraba la marcha para salvar algún bache o para cruzar algún punto difícil, la muchacha profería un angustioso quejido, que torturaba —sin el menor género de duda— la conciencia de aquellos empedernidos guasones.