Código del oeste
Código del oeste —¡Oh, señor Cal! —se lamentó Georgiana con una vocecita impregnada de la más convincente pesadumbre—, mi hermana me escribÃa… que el Oeste era precioso… Pero ahora veo… que se equivocaba… Todo era música…, patrañas… ¡puras patrañas…! Usted no, señor Cal… porque usted es admirable… pero ese terrible primo suyo… y los zoquetes que le acompañan… son unos demonios. ¡Tramar una confabulación semejante… tan indigna… contra una infeliz mujer del Este… que ha venido acá para recobrar la salud… y vivir tranquila… sin hacerle mal a nadie!… ¡Asesinarla!… ¡Oh, deberÃan arder eternamente… en los infiernos!
—No se preocupe por ellos, señorita Stockwell —respondió Cal en tono tranquilizador, como si se dirigiera a una persona gravemente herida—. En realidad, no son responsables de lo que hacen. Si tuviéramos manicomio en Ryson, allà estarÃa mi primo. Y si tuviéramos cárcel, Tim Matthews no andarÃa libre. No piense más en ellos. ¡Ya recibirán su merecido! No se apure. Por el momento lo que interesa es que permanezca tranquila y que procure no agitarse.
A la terminación de este largo discurso de Cal, Georgiana se reclinó todavÃa con mayor abandono sobre el cuerpo de él, y como parecÃa próxima a estallar de risa, Cal la previno con una disimulada sacudida.