Código del oeste
Código del oeste —¡Oh, señor Cal… no puedo moverme! —gimió Georgiana, sin querer callarse—. Estoy toda frÃa… transida… helada… ¡Dios mÃo… si será parálisis!…
Esta charla parecÃa muy en su punto, si se tenÃa en cuenta sólo el interés de sus mutuos esfuerzos para anonadar al enemigo; pero un instante de reflexión convenció a Cal de que habÃa llevado el asunto suficientemente lejos. Wess y los demás muchachos habÃan sido bastante castigados. Estaban en el colmo del abatimiento. Mucho tiempo habrÃa de pasar antes de que lo hicieran vÃctima de otra jugarreta. Además, el resentimiento de Cal se habÃa desvanecido. Estaba satisfecho. Nunca le animó la malicia. Pero en el momento en que iba a soltar la estentórea carcajada que lo descubriera todo, sintió la suave y frÃa manecita de su traviesa compañera, que buscaba la de él para oprimÃrsela confiadamente, y el frágil cuerpo de ella se arrimó aún más estrechamente al de Cal.