Código del oeste
Código del oeste El pecho de Cal se alzó, conmovido por las violentas emociones contradictorias que lo agitaban, y aquel fuerte movimiento levantó la fragante y rizada cabeza de la joven, acercándola a los labios de él. Desesperadamente, dominó el ansia de besar aquellos rizos. Pero Cal no era hombre que cediera a semejante tentación. ¿Presentía la muchacha, adivinaba lo que estaba pasando?, se preguntó; y acto continuo se estremeció, al notar que lentamente, muy lentamente, la linda cabeza se iba corriendo hacia atrás, quedando hacia arriba la cara, cada vez más cerca y con un movimiento tenue y peculiar. Y luego, cuando aquel perturbador rostro quedó, como en muda entrega, muy próximo al suyo, permaneció inmóvil y silencioso. La mirada de Cal distinguía, en medio de las tinieblas, el pálido óvalo de la cara, la profunda negrura de los ojos, el vago contorno de la dulce boca, en forma un tanto indistinta, y más atractiva precisamente por tal circunstancia. Por un momento, que se le antojó interminable, se extasió en la contemplación de aquel semblante, pálido por el contraste con la penumbra del ambiente. Ella le estaba mirando fijamente, y él imaginé que le sonreía. Para Cal, la situación era extraña, compleja, trascendental en las consecuencias que podría acarrearle. Un impulso rudamente instintivo y dominador le apremiaba a besar aquella tierna boca invitadora, aquellos seductores ojos, tan hondos y oscuros en la palidez de la bella faz. Sabía que podía hacerlo a mansalva…, que ella lo soportaría sin la menor protesta… que se le ofrecía por coquetería, por espíritu diabólico, por algo, para él, nuevo y crudo en el modo de ser femenino. Y ésa fue la razón por la cual no cedió. Su carácter, su seriedad, no se lo permitía. Sentía demasiado en grande. Para él y los de su clase, un beso en los labios de una mujer decente no era asunto liviano y sin importancia. Por tanto, volvió la cara a otro lado, hacia el camino, y se alegré de ver el brillo de las luces del rancho de Green Valley. Dentro de pocos minutos concluiría aquel peligroso juego, comenzado en busca de regocijado desquite contra los bromistas compañeros, y que poco a poco, sutilmente, se había trocado en algo que iba mucho más allá de su previsión.