Código del oeste

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El auto pasó la cerca del corral, los graneros, los cobertizos, y fue a detenerse delante de la grande y destartalada casa de vivienda, cuyas ventanas lucían intensamente iluminadas.

Wess volvióse en su asiento para preguntar con ansiedad:

—Cal, ¿cómo está?

—Me parece que no ha empeorado —contestó el mozo, sintiendo que renacía de lo lindo su anterior alborozo.

—Señorita… espero… sinceramente…, que se vaya reponiendo —balbució Wess con voz profunda, trémula de solicitud. Manifiestamente, «esperaba» contra toda esperanza. Y Cal advirtió el ostensible interés con que los otros muchachos estaban pendientes de la respuesta.

—Gracias…, tal vez…, estoy algo mejor —respondió Georgiana lánguidamente—. El terrible dolor… ha desaparecido… y voy recobrándome… un poco. Creo que no tengo roto el cuello, como me figuraba. Les ruego que me perdonen…, todo lo que dije… allá atrás.

Wess se retorcía materialmente y gruñía, agobiado por el remordimiento. Aquella petición, formulada tan dulcemente, de que la perdonara, colmó la medida.

—Wess, ve adentro y dale la noticia a la maestra, pero cuida de no alarmarla —dijo Cal.


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