Código del oeste

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—¡Por Dios!,… Cal… no tengo ánimo para enfrentarme con la señorita Mary y decirle lo que le hemos hecho a su hermanita.

—¡Oh, no, no puedo! —respondió Wess aturrulladísimo.

Cal sintió que le pellizcaban ligeramente el brazo, y entendió en seguida.

—Señor Cal —dijo Georgiana—, vaya usted; hágame el favor…, y hable con mi hermana. Miéntale. Dígale que estoy… abrumada de cansancio… muy débil y un poco enferma… ya sabe. Después, venga por mí. Temo no poder caminar.

—Yo la llevaré en brazos —se ofrecía Wess con creciente desesperación.

—¡Oh, no; se lo agradezco! —repuso la interesada amablemente—. El señor Cal sabe manejarme muy bien. Atienda usted al equipaje.

Cal descendió del coche, recibiendo antes de salir otro alentador apretón de la graciosa manecita. Corrió a la casa. El amplio salón rebosaba de claridad, alumbrado por dos grandes lámparas, y por el vivo resplandor que despedían los leños que ardían en la enorme chimenea de piedra. Henry Thurman, el padre, alzó la vista del periódico que estaba leyendo.


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