Código del oeste

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—Y bien, Cal, ¿ya estás aquí? —dijo con su típica habla tejana, lenta y cadenciosa, mientras una sonrisa disolvía la red de finas arrugas de su macizo semblante. Era un hombre corpulento, muy alto, de pelo encanecido, rostro afeitado, y con el vigoroso sello de los primitivos colonizadores estampado en toda su persona. La madre y la hermana de Cal, al oír que éste había llegado, gritaron al unísono, desde la cocina, que la cena se estaba pasando.

—Vengan acá —les contestó el muchacho; y cuando fueron, rebosantes de satisfacción por la oportunidad que se les presentaba de desplegar su generosa hospitalidad, hicieron simultáneamente su aparición Enoch y Boyd, procedentes de la parte posterior del porche.

Escuchen y no se alarmen por lo que voy a decirles. Ha ocurrido un pequeño accidente. Tengo que comunicárselo a la maestra. Después traeré a su hermana. Aguarden un poco y no se inquieten.

—¿Qué diantre se trae ahora este muchacho?

La habitación de la señorita Stockwell estaba situada en el extremo sur del porche. Cal llamó, golpeando con los nudillos y diciendo:

—Maestra, ¿se puede pasar?

—Cal, ¿es usted? —contestó Mary desde el interior, y en seguida abrió la puerta. Estaba vestida de blanco, y su agraciado rostro demostraba una feliz avidez, no desprovista de cierta ansiedad.


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