Código del oeste

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—Wess, entra y traga la medicina que mereces —ordenó Cal con solemnidad—. Que te acompañen tus socios. La maestra está terriblemente furiosa.

—Mira, Cal —protestó Wess, iracundo—, yo no voy a ninguna parte. Tim es el mayor responsable de esta estúpida maniobra; que aguante él el chubasco.

—Señor Wess —intervino en esto Georgiana desde el interior del auto, hablando con su voz natural, juvenil y sonora, de acento cortante—: ¡Usted y sus amigos son un espléndido hato de valientes… según parece!…

Instantáneamente vio Cal como esta observación resolvió el punto. Wess y sus asociados, heridos en su pundonor, hubieran sido capaces, en aquel momento, de afrontar a un regimiento de hermanas enfurecidas.

—Conduzcan todos los bultos que puedan —recomendó Cal—. Y usted, Tuck, acompáñelos. Yo me ocuparé de la señorita.

Tan pronto desfilaron los cinco mocetones, pesadamente cargados, Cal le dijo a Georgiana en voz baja y confidencial:

—Salga ahora. De fijo, nos vamos a divertir en grande. Me he puesto de acuerdo con su hermana. Ella se presta a la combinación y representará su papel a maravilla.


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