Código del oeste

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—Yo estaba temiendo que estropeara usted el desenlace de la comedia —observó la muchacha—. Pero, de todos modos, prefiero que Mary no se asuste.

—¡Oh! ¡Qué se va a asustar! Lo sabe todo. No se apure por eso. Lo que va a suceder es que les sermoneará de firme a esos pazguatos… Ande, démonos prisa.

—Es que estoy hecha un fardo con esta dichosa manta —protestó la chica, tropezando al andar y vacilando, sin saber qué partido tomar al llegar al estribo. En su indecisión, consultó a Cal:

—Se supone que mis graves lesiones me tienen totalmente lisiada, ¿no es cierto? ¿Tengo, pues, que andar?

—Hombre…, hombre… sí, seguro… yo… Puede ir andando hasta la puerta. Allí la cogeré en brazos. La luz que salía por las ventanas era más que suficiente para que ambos se vieran con bastante claridad. Perplejo, no sabiendo cómo interpretar su presente actitud, Cal se la quedó mirando fijamente. En aquel momento se le aparecía como una mujer hecha y derecha, infinitamente segura de sí misma y más allá de la comprensión del ingenuo mozo.

—Cal, es usted un actor bastante pasable —dijo ella, finalmente—; pero cuando se trata de aprovechar las ocasiones, en la oscuridad, resulta un grandísimo chambón.


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