Código del oeste
Código del oeste —¡Aprovechar las ocasiones! —exclamó Cal—. ¿Qué ocasiones son ésas, por amor de Dios?
—Su educación ha sido lamentablemente descuidada en ciertas materias —contestó Georgiana, eludiendo la pregunta—. Si recobro la salud, como espero, tendré que hacerme cargo de usted, para remediar esa deficiencia.
La puerta de la casa se abrió, despidiendo un grueso chorro de luz por un momento, y luego volvió a cerrarse. —Vamos— dijo Cal impaciente por ver en qué paraba el embrollo. Georgiana recogió los pliegues de la manta, para tener libres los pies, y lo siguió a través del patio. Cuando llegaron al porche, murmuró Cal:
—¡Oh, escuche!
La muchacha se le agarró de un brazo, excitadÃsima, y tratando de dominar la risa que la sacudÃa de pies a cabeza.
—¿… Qué le han hecho a mi hermanita?, —sonaba la aguda voz de la señorita Stockwell, colérica y despectiva.
—Maestra, la cosa sucedió asà —se oyó entonces a Wess con acento humilde—: Nosotros le descompusimos el motor al auto de Cal; pero el muy tonto se asustó, y fue a meterse en una cuneta del camino. Por efecto del choque, la hermana de usted resultó lastimada. Pero, que me asista Dios…