Código del oeste

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Al entrar Cal, abarcó de una mirada a la concurrencia. Su madre y sus hermanas, con delantales blancos (en honor de la visitante), lo miraron a él y a su preciosa carga, llenas de turbación genuinamente real. El anciano padre inclinó la cabeza a un lado y atisbó con interés. Pero la ligera sonrisa que vagaba en los labios del ladino viejo excluía toda ansiedad. Enoch y Boyd aparecían confundidos y ceñudos. La señorita Stockwell —pálida en apariencia, por efecto del traje blanco que vestía— ocupaba el centro de la sala, dilatados sus hermosos ojos oscuros, brillantes, excitados, que tuvieron para Cal un destello de simpatía. Delante de la enfadada maestra, alineados como reos puestos contra el muro de la ejecución, permanecían Wess, Pan Handle, Arizona y Tim, hondamente agitados, zahareños y alicaídos, proclamando con su lamentable aspecto su delito, del cual daban muestras claras de estar arrepentidos.

Sin mayor ceremonia, Cal colocó en pie a Georgiana, y con un rápido movimiento la despojó de la manta. Para la mayoría de los espectadores fue como una radiante aparición. Desnuda la cabeza, con los dorados rizos enmarañados, jubilosa la faz, rebosante de vida y alegría, lanzó un grito de gozo y se precipité entre los brazos que le tendía su hermana.

—¡Oh, Mary… Mary… qué contenta estoy! —exclamó, trémula de satisfacción.


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