Código del oeste
Código del oeste —¡Georgie, querida! —contestó la maestra, muy emocionada, estrechándola contra su pecho y besándola una y otra vez.
Cal clavó la vista en los cuatro delincuentes. Y saboreó plenamente el dulzor de la venganza cumplida. ¡Qué asombrados y embebidos estaban! Sus turbados cerebros iban reaccionando, pero con lentitud. Contemplaban la escena atónitos y boquiabiertos. El significado de todo aquello se les iba revelando gradualmente.
De improviso, Georgiana se revolvió en brazos de su hermana y con el rostro bañado por la luz de la lámpara, los bellos ojos relampagueantes, y una deliciosa sonrisa paseándosele gentilmente por las mejillas, le pareció a Cal la criatura más hermosa de toda la creación. Había llegado el momento crítico, el instante supremo; pero éste no iba a ser como él se lo había imaginado. Aquella tremenda opresión que sentía en el pecho guardaba el desenlace final.
Señor Cal —profirió Georgiana alegremente—, ¡se la hemos dado en grande! ¿No es cierto?
Cal sólo acertaba a mirarla, sin encontrar qué responder. En aquel momento se había desvanecido cuanto de censurable pudiera haber notado en ella, y únicamente veía a una seductora chiquilla, llena de encanto, de gozo de vivir y de travesura, con una maravillosa luz inundándole el semblante. Mientras la miraba, descubrió una dulcísima verdad: se había enamorado de ella.