Código del oeste
Código del oeste La señorita Stockwell se esforzó por ocultar su consternación, y puso sus cinco sentidos en su propósito de interpretar correctamente la manera de ser de aquella doncella tan del siglo XX. Era inútil mostrarse escandalizada. El sentimentalismo no contribuiría en nada a resolver la intrincada situación. Si la inteligencia, la lógica y el persuasivo sentido común no llegaban a influir sobre Georgiana, ¿qué otra cosa podría hacerlo? Era una niña amargada. ¡Amargada contra los hombres! ¡Qué asombroso! Y, no obstante, Mary reconocía la justicia de algunas de las convicciones de su hermana. Existía un abismo entre las ideas de ambas, sin duda alguna, principalmente porque la más joven había tomado una resuelta actitud respecto a la vida, y en esa actitud predominaba el materialismo en forma descarnada y feroz.
—Georgie, cuando yo salí de casa cumplías puntualmente las prácticas religiosas —dijo Mary echando por otro camino—. ¿Continúas haciéndolo?
—¡Vamos! ¿Estás loca…? Yo dejé de ir a la iglesia a los catorce años, y, por mi gusto, me hubiera retirado un año antes. Las iglesias son cosa de antaño, Mary. Nadie concurre ahora a ellas.
—Acaso eso tenga mucho que ver con lo otro —murmuró Mary—. ¡El crepúsculo de una edad sin fe y sin Dios…! Tal vez no sea tuya toda la culpa por haber perdido el interés en la religión.