Código del oeste
Código del oeste Mary posó su grave mirada sobre su petulante e impetuosa hermanita, y permaneció silenciosa durante un momento, en espera de alguna inspiración. Pero la inspiración no venÃa. Estaba desconcertada. Sin embargo, si le hablara sin rodeos, con la verdad desnuda, ¿no llegarÃa al alma de aquella chiquilla? Siempre, hasta entonces, se habÃa valido de circunloquios. Quizás su propia ceguera era culpable.
—Muy bien, hablemos en plata, Georgie querida —le dijo decidida.
—Vamos a ello, pues —repuso Georgie con la duda reflejada en sus hermosos ojos.
—¿Tú me quieres?
—¡Oh, Mary… qué pregunta! —exclamó Georgiana en el colmo de la sorpresa—. Claro está que te quiero. ¿Te quedarás en el Oeste por tu propia voluntad, libre y espontánea?
—Desde luego. Al menos, por un tiempo largo… larguÃsimo… y acaso para siempre si consiguiera enganchar a algún ranchero simpático y rico como Enoch. Pero a ése ya le tienes tú echado el ojo.
—¡Georgie! —protestó la otra ruborizándose tremendamente.
—¿Cómo te atreves…?