Código del oeste
Código del oeste —Oh, déjate de tonterÃas, Mary. Acabas de decirme que hablarÃamos en plata, ¿no es cierto? ¡Entonces…! Tú estás por Enoch; es cosa clara, y si tuvieras más sentido, bien pronto harÃas con él lo que te diera la gana. Porque, mira, es muy tÃmido, muy corto de genio. Te tiene miedo… porque se imagina que estás muy por encima de él. Pero está enamorado de ti, y, a poco que te esfuerces, tendremos bodorrio.
Mary se cubrió la cara con las manos y trató de conservar la serenidad.
—Eres una mujercita terrible, insoportable —exclamó.
—Suprime el diminutivo, querida, a no ser que te refieras al tamaño —continuó Georgiana—. Escucha la voz de la experiencia. He visto a Enoch muchas veces comiéndote con los ojos, cuando tú no lo mirabas. Eso es la pura realidad. Ahora, prosigue.
—¿Dónde estaba yo? Oh, sÃ… tú admitiste que me querÃas y que permanecerÃas en el Oeste por tu propia decisión. Bueno, hasta aquà vamos bien —recapituló Mary recobrándose gradualmente de la desorientación que habÃan sufrido sus pensamientos—. Eso significa que vivirás aquà por tiempo indefinido. Ahora bien, Georgie, ¿te das cuenta de que eres demasiado coqueta?
—¡Eso es meterse en honduras excesivamente personales, y no lo admito, de ningún modo! —protestó la muchacha con altivez.