Código del oeste

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A juzgar por el interés demostrado por el resto de los muchachos, con excepción de Cal Thurman, todos ellos preferían ir al encuentro de la hermana de la maestra, mejor que arrear ganado. Y durante un buen rato pareció que Enoch no iba a disponer de muchos auxiliares al día siguiente.

Viéndolos tan entusiasmados, Mary protestó con voz suave:

—¡Pero, por Dios…! ¡No es necesario que vayan todos! Con uno hay bastante. Si les parece tan extraordinaria la ocasión, échenlo a suertes.

Pero semejante indicación no tuvo el apoyo de la mayoría. Pusiéronse a discutir entre sí. La señorita Stockwell estaba acostumbrada desde hacía tiempo a su sencillez, su buena fe y locuacidad, y a que, cuando se les llevaba la contraria, cada uno (con singular perversidad) se obstinaba en su punto de vista, oponiéndose decididamente a las ideas ajenas y manteniendo las propias con irreductible persistencia.

La discusión llegó a ser tan acalorada, que la maestra estaba temiendo verla convertirse en una de aquellas riñas a trompadas, que eran de ocurrencia diaria, y hasta, a veces, más frecuentes aún. Si cualquiera de los mozos quería hacer algo en particular, en seguida se le oponían todos los demás.


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